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La necesidad del secreto en el periodo neogranadino, vista a través del mobiliario.



María Margarita Vargas

La posesión nunca es la posesión de un utensilio, pues este nos remite al mundo, sino que es siempre la del objeto abstraído de su función y vuelto relativo al sujeto. A este nivel, todos los objetos poseídos son objeto de la misma abstracción y se remiten los unos a los otros en la medida en que no remiten más que al sujeto.

(Baudrillard, Jean. 1983. El sistema de los objetos. Editorial Siglo XXI. México. Pág.97)


I. Tecnología:

En el caso de los escritorios o el mobiliario de la época, podemos comprender que su elaboración provenía básicamente de talleres que hacían parte de una organización gremial.
Para establecer un taller era indispensable cumplir con el requisito de ser maestro y para serlo se requería haber trabajado algún tiempo en la localidad donde se pretendía montar el taller y claramente, estar agremiado. Además de pasar por un examen pertinente. “El número de oficiales y aprendices no estaba determinado, aunque lo usual eran un oficial y dos o tres aprendices.”
[1]
Debemos ahora examinar a los personajes de estos talleres, encontramos primero los términos de ensamblador y ebanista, en las ordenanzas del S. XVI no aparecen los términos de ensamblador ni ebanista, pero en los contratos de obras y otros documentos, el término más frecuente es el de ensamblador dentro del oficio de la carpintería. En los últimos años de este siglo aparecen como ensambladores ebanistas y prima esta denominación sobre la primera durante el S. XVII en el caso de contratos o tasaciones de muebles.
Se ha venido considerando que el ensamblador únicamente se dedicaba a la fabricación y posterior ensamblaje de retablos y sillerías bajo las órdenes y trazas de un arquitecto – entallador, mientras que para el mobiliario se empleaba la denominación genérica de carpintero y ya a partir de finales del siglo XVII la de ebanista.
[2]
En el caso de los escritorios encontramos que se terminan uniendo un “maestro ensamblador, un ebanista y entallador y un arquitecto entallador.”[3]

Muebles más complicados como los escritorios, son los entalladores los únicos que tienen derecho a su fabricación, aunque a finales del siglo XVI, las piezas más sencillas de nogal ya pasan a ser fabricadas y vendidas por los ensambladores, estipulándose como piezas de examen, reservándose a los entalladores la fabricación y venta del mobiliario en maderas preciosas.
[4]
En cuanto a nuestros dos muebles, al ser aparentemente de una factura sencilla, podríamos referirnos según lo que hemos leído, a un ensamblador. La misma simpleza de los muebles escogidos nos permite ir reconociendo entonces a los personajes que posiblemente hayan estado detrás de su factura.
Los muebles se realizaban por encargo, algunos mandaban a copiar muebles pertenecientes a otras personas, pero lo interesante aquí es que claramente no estamos hablando de una producción en masa sino de una intención específica del sujeto que está haciendo el encargo, ya sea queriendo copiar el mueble de otro por cuestiones de ganar estatus o por otra parte, por otras razones personales. Cada mueble representaba un sujeto, que tuvo una intención al mandarlo fabricar, ningún mueble estaba prefabricado, cada uno nos habla de alguien, de una intención.
Volviendo ahora a la organización gremial que es como la gran matriz la contenedora de todos estos talleres repletos de ebanistas y entalladores, ensambladores etc., lo que más resulta interesante resaltar es que; Dentro de las cofradías, integradas por varios oficios, dentro de la llamada carpintería de tienda o de taller existen
“normas referentes a las mesas sillas y arcas, no apareciendo en ningunas ordenes referentes por ejemplo a un mueble tan utilizado como el escritorio, pero dada la repetición de medidas, modelos y formas de ensamblaje, parece lógico suponer que junto a las ordenanzas gremiales promulgadas a nivel municipal
, los gremios debieron tener unas disposiciones privadas, que no fueron nunca elevadas a escritura pública permaneciendo en los libros de los archivos del gremio…”[5] (la negrilla es mía)
Si pensamos de nuevo en nuestro objetivo, el secreto, encontramos que desde su factura, estos muebles nos reafirman su existencia, en este caso, la de un secreto de modos y técnicas de elaboración.

II. Uso:
Principalmente, en los espacios domésticos encontramos dos lugares donde aparecen los escritorio y las papeleras, estos dos lugares son las habitaciones y las salas, al interior de las casas encontrábamos entonces estas salas que servían como espacios para recibir a los invitados pero además y de manera muy clara para mostrar y ostentar las pertenencias. Lo curioso acá es que el otro espacio, la habitación de la pareja quedaba ubicada junto a la zona pública, lo cual nos permite pensar que este también era un espacio de mostrar y por lo tanto no podemos hablar de un uso íntimo del dormitorio de la pareja, ya que una habitación que se muestra nunca ha de estar desordenada, no se decoraba con lo que no se quería mostrar, es como si el cuarto de huéspedes de una casa actual, el cual terminaría siendo prácticamente lo mismo que el dormitorio de la pareja de la época, un espacio sin la más mínima sensación de intimidad o pertenencia. Se dijo que existían dos espacios para el uso del escritorio, las salas y las habitaciones, pero aparece acá otra habitación, que nos da la clave para pensar en algo propio, en algo personal, y es la habitación femenina. La mayoría de las mujeres de la alta sociedad podían contar con su habitación personal, el hecho de una habitación femenina, así esta contara con un estrado, donde se recibía a otras mujeres, nos habla de un momento intimo, por lo menos de género, el hecho de que el cuarto femenino no se encuentre además cerca a la zona pública como lo está el dormitorio de pareja, nos cambia la perspectiva, nos hace pensar en una idea de lo íntimo, ahora si de lo privado.
Pensar en los escritorios y las papeleras como muebles que “…no sólo servían para escribir y guardar documentos, sino también como adorno…”
[6], ya que “…se chapeaban con materiales de lujo como concha de tortuga, ébano, palosanto y nogal…”[7] y enmarcando a nuestros dos objetos seleccionados dentro de estos espacios, comenzamos a pensar dónde podrían haber estado ubicados estos objetos, ¿en la sala?, ¿en el dormitorio? O ¿en la habitación femenina?; comencemos entonces por la sala; si comparamos los demás escritorios expuestos en la sala del Museo de Arte Colonial, que son nuestros referentes directos, con este escritorio “santafereño” y esta papelera, podríamos pensar que ¿estarían estos dos en la sala? ¿Competirían estos contra un mueble con enchapados de marfil, incrustaciones de nácar, trabajo de taracea etc.? o no sería más bien que este podía pertenecer a un espacio con menos necesidad de ostentación y por lo tanto como la única noción que por ahora tenemos de intimidad es el espacio femenino, ¿a lo femenino?
Investigar sobre ostentosos escritorios y papeleras, se convierte de cierta forma en una tarea más fácil y documentada, debido a que siempre estamos, aun hoy en día , queriendo mostrar lo de excelente calidad lo magnifico, olvidando a veces que eso que omitimos, finalmente al realizar el proceso de omitirlos, estamos reafirmándolos dentro de algo totalmente, podría decirse, único; me explico, entre menos información he encontrado sobre escritorios de factura más “sencilla”, mas puedo enmarcarlos dentro de un ámbito de lo privado ya que nuestra configuración de lo verdaderamente privado se está encaminando hacia el ámbito de lo que no se ostenta.

III. Práctica:
En cuanto al objeto:
It is fragment and function. It also implies that the objectuality of the object is a not given set once and for all it evolves in human history: it is something fluid, mobile irrepressible. Here from is only one moment in a continuum transformation; and the moment, on the other hand, is all: in it is condensed the being of all possible transformations.
( Pellizzi, Francesco.
On the margins of recorded history: anthropology and primitivism en Anthropologies of Art.2007. Pág. 31.)
Debemos entender el momento y los personajes que en él están inscritos para poder comprender el objeto, debemos ponernos en los zapatos de quienes les daban el uso a estos objetos.
El escritorio, utilizado en su mayoría por los hombres, como mueble para guardar y atesorar objetos de importancia donde podemos encontrar cajones secretos que albergaban lo más valioso de un hombre, como es el caso de en escritorio en el que “en el cajón secreto de uno de éstos, exhibido en la Casa de Juan de Vargas en Tunja, es aún perceptible el brillo del oro en polvo que allí se guardo”
[8]. Por primera vez se hace presente , se encuentra una huella que indica que tipo de objetos allí se guardaban, los hombres entonces guardaban allí probablemente lo que más importaba, lo más valioso, algo como el tan preciado oro, seguramente también otras piedras preciosas, objetos de gran valor y documentos importantes como ya hemos conocido por diferentes estudios. En el caso de la papelera elegida, que posee un carácter más masculino que el escritorio, podría pensarse que ese cajón secreto podía atesorar algo de este estilo, algo sobre lo que el hombre de la casa tenía poder y acceso, que seguramente también, su mujer desconocía.
Ahora, la mujer, pensando que nuestro escritorio era utilizado por una; ¿que uso podía darle la mujer a un cajón secreto?, si bien “entre las mujeres muy pocas eran capaces de leer y escribir y se dice que el virrey Ezpeleta se aterró de ver señoras de distinción haciendo cuentas con granos de maíz”,[9] ¿iba una mujer a guardar un documento importante o una carta? ¿Si ni siquiera podía leer?, ¿guardar oro?, si al casarse seguramente su marido estaba bien enterado de lo que poseía y sus padres se habían encargado de que así fuera, no encontramos en el escritorio femenino rastros de oro en polvo ni nada por el estilo, casi que encontramos un cajón intacto, un cajón sin ninguna huella, pero esto nos está dando quizá la pauta del verdadero secreto, lo no obvio. Mientras el hombre sabe que uso exacto darle a estos cajones secretos, la mujer se puede encontrar en una encrucijada ¿Qué guardar de valor sin no poseo nada que no se sepa? ¿o que entienda? , en el caso de un documento. De pronto nunca ocupo ningún cajón secreto su escritorio, o más bien cargo lo que hizo fue guardar allí, no lo secreto, sino las referencias a los secretos guardado, de única manera segura, en su mente. Quizá guardó una piedra con la que un enamorado toco a su ventana ¿si alguien encuentra una piedra cualquiera que va a pensar que tiene algún valor o que significa algo? pero atesorar referentes, que se convierten en las llaves de los cajones secretos de su mente, se convierte en un ejercicio completamente distinto al obvio, mientras que para el hombre estos cajones serian de uso privado la mujer los estaría convirtiendo en parte de su intimidad la cual sobrepasa la privacidad y se compone de los secretos verdaderamente secretos.

IV. Interpretación:
La búsqueda del secreto se nos escapa de las manos, no deja huella, no deja rastro, y si lo deja como hemos visto, pierde su esencia, ya no es secreto, encontrar el polvillo de oro que queda aun hoy en ese cajón del escritorio en Tunja, nos revela el secreto, al descubrirlo ya no hay vuelta atrás su esencia de secreto se ha perdido, ahora se convierte en hecho verídico. Pero es en el cajón vacío impecable, que no parece haber sido utilizado, donde no hay rastro de nada donde el secreto está realmente presente, y es gracias a esto y al no poder encontrarlo por ningún lado que se hace visible . En el siglo XVIII, se nos está dando por medio de cajones vacíos, la idea de INTIMIDAD, muy diferente de vida privada.
La “vida privada” equivale en esta época a vida pública realmente, si la expresión
Público y notorio refería a “lo sabido por todos e incluía los distintos aspectos de la vida en la calle, la plaza, la iglesia o el cabildo y en ocasiones la vida de las personas dentro de sus casas[10] resulta imposible llamar realmente vida privada a esta “vida privada”.
Los objetos nos han guiado a través de la búsqueda del secreto desde su modo de factura, los personajes podrían haberlos poseído y a lo que estos podrían atesorar en esos cajones destinados a cumplir la función de guardianes de lo más celoso, que nos llevan a buscar lo que no deja rastro, partimos de un cajón vacío como contendor de esa intimidad que parece algo imposible pensar en el siglo XVIII.
Por medio de un espacio para la intimidad como lo es la habitación femenina, donde muy posiblemente se podría encontrar emplazado nuestro escritorio santafereño poco gustoso como objeto de estudio ya que solo consta de madera policromada, pan de oro, marfil y metal, no hay nácar, incrustaciones, taraceas etc. La mujer nos ha dado la pauta nos ha guiado en nuestra búsqueda, ella más cautelosa, va como una serpiente, no se deja atrapar, no, no es como el hombre, que nos deja rastros de tinta, dinero u oro en polvo.

No puedo encerrar al secreto, definirlo ni estudiarlo, y si lo hiciera si lo lograra procesar estaría robándole su esencia, no encontrarlo por ninguna parte me demuestra que está más presente que nunca y que goza de completa validez, seguiremos soñando con lo que podrían contener estos cajones, lanzar cantidad de supuestos, pero nunca podremos saberlo a ciencia cierta. A lo que podemos llegar es a una idea de intimidad a una necesidad de lo intimo realmente dicho como una necesidad natural del individuo configurada a partir de cajones vacios que albergaron el algún momento referentes, más no hechos que se convertían en las llaves del secreto que permanecía realmente seguro y libre de ser descubierto en la mente de alguien.



[1]AGUILÓ ALONSO, María Paz. El mueble en España : siglos XVI-XVII. Madrid : Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Ediciones Antiquaria, 1993. Pág. 43
[2]
AGUILÓ ALONSO, María Paz. El mueble en España: siglos XVI-XVII. Madrid : Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Ediciones Antiquaria, 1993.37
[3] AGUILÓ ALONSO, María Paz. El mueble en España: siglos XVI-XVII. Madrid : Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Ediciones Antiquaria, 1993. Pág. 37
[4]
AGUILÓ ALONSO, María Paz. El mueble en España: siglos XVI-XVII. Madrid : Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Ediciones Antiquaria, 1993. Pág. 31
[5] AGUILÓ ALONSO, María Paz. El mueble en España: siglos XVI-XVII. Madrid : Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Ediciones Antiquaria, 1993.Pág. 44
[6] Museo Nacional de Artes Decorativas. Recorridos
, Guía de las colecciones del siglo XVII en el MNAD. España. Ministerio de Cultura, Secretaría General Técnica.2007. Pág. 30
[7] Museo Nacional de Artes Decorativas. Recorridos, Guía de las colecciones del siglo XVII en el MNAD. España. Ministerio de Cultura, Secretaría General Técnica.2007. Pág. 31
[8] Martínez Carreño, Aída.
La vida material en los espacios domésticos en Historia de la vida cotidiana en Colombia. 1996. Editorial Norma. Pág. 344
[9] Garrido, Margarita. La vida cotidiana y pública en las casas coloniales en Historia de la vida cotidiana en Colombia. 1996. Editorial Norma. Pág. 137
[10]Garrido, Margarita.
La vida cotidiana y pública en las casas coloniales en Historia de la vida cotidiana en Colombia. 1996. Editorial Norma. Pág. 133