LA CACERÍA

Carlos Rojas Cocoma


Piezas:
- Loza
- Mobiliario
- Textil
- Vásquez



Introducción

Son pocas las representaciones coloniales que alberga el museo y cuya representación sea ajena a la religiosidad. De ellas, las representaciones acuden con frecuencia a un mismo tipo de escenas: el romance, la música, la imaginería oriental, la teogonía grecolatina, las alegorías animales y la cacería. Estas representaciones en todo caso, no se encuentran representadas como centro de las escenas sino como ornamentación, principalmente en los bargueños, la loza y algunos textiles. Es interesante ver la manera cómo se encuentran estas escenas en piezas de diversa procedencia y factura, pues la imagen noble de un rey cazando la podemos encontrar en el espaldar de cuero de una silla santafereña del siglo XVII así como en loza fina, seguramente inglesa, de fines del siglo XVIII; una escena romántica la podemos encontrar tanto en un abanico holandés como en un reloj Rococó o un platón. Encontrar el origen de estas escenas es una empresa de largo aliento, en las cuales entran en juego las fuentes medievales, los manuales renacentistas, las imágenes pintorescas y las escenas de la realeza de las cuales resulta difícil identificar cómo y de qué forma fueron leídas por la población de aquella época. De ellas, es la cacería quizás la temática que más cuesta identificar, pues en el siglo XVIII esta deja de ser el lugar noble para comenzar a asumirse como un deporte y, algunas veces, una fiesta. Dicho en otras palabras, abandona el estrecho y refinado lugar de la aristocracia para asentarse en una nueva clase social.
Origen
Preguntarse por la cacería es preguntarse también por los elementos básicos que definen al ser humano. No sólo porque el hombre cazador con sus respectivas herramientas de cacería son el punto de partida para la evolución del homo sapiens, sino porque culturalmente la relación con la muerte es la que ha asentado las bases de la constitución cultural del hombre y su relación con la naturaleza. Las primeras imágenes que produjo el hombre tienen que ver con una redada de cacería. Las deidades griegas tienen a Diana o Artemisa como una de las principales diosas, así como en Virgilio las Amazonas hacen parte importante de la Eneida. Es imposible encontrar un lugar original, pues dar la muerte está asociado a la configuración misma de las primeras familias, en las que el hombre cazador proporcionaba sustento a los pobladores de su hogar. La representación de la cacería que llega a América en el periodo colonial omite la idea de necesidad y sustento, pues desde la edad media la cacería se soporta en el ocio y la recreación. Así pues, la muerte y la recreación, que ya en otros escenarios también cotidianos en la fiesta europea se da en la tauromaquia y otras artes, son el punto de partida para comprender la representación de la cinegética en la imaginería colonial.

El juego es un ejercicio de simulacro que produce métodos y mecanismos para la convivencia y la vida, y a través de la repetición desarrolla destrezas que en el momento de ser necesarias estarán habituadas a desempeñarla. Cumple una función biológica de supervivencia y por eso su desempeño es animal, más que humano. En ello la cacería aún cuando era un recurso vital para el hombre, tuvo que haberse soportado en una etapa previa de práctica, de entrenamiento, de juego. El hecho de que gran parte de los juegos y deportes que se realizan en la actualidad obedezcan al principio bélico de “vencer”, es porque eran la base de una victoria a muerte. En los jarrones de Creta del segundo milenio Antes de Cristo, ya se observan 1 prácticas de juegos y de cacería de toros sin armas en las representaciones, como si se tratara de una práctica festiva y deportiva. Dos mil cuatrocientos años después Blandina, una cristiana esclava en Lyon, fue dispuesta en una red en el anfiteatro para que un toro la mandara al aire con los cuernos, y después que un venator lo cazara. Seguramente la tortura pública también tenía una connotación de espectáculo de la muerte que llamaba multitudes.

Es por ello tal vez que en la Edad Media, con la aparición de las monarquías, fuera tan importante que un rey se ejercitara con el arte de la cinegética. Las artes de la guerra y las artes de la cacería eran prácticamente las mismas. Es frecuente encontrar en las representaciones medievales a caballeros con su armadura completamente dispuesta, escudos de armas y aún los perros de cacería con una protección similar a la de su amo, en búsqueda de lobos, osos, así como de leones y dragones que alimentaban todo el imaginario medieval. El caballero medieval era un excelente cazador, y la flecha y la lanza – actualmente deportes olímpicos – eran instrumentos con los que se actuaba. Tan refinada y dedicada era la cacería como deporte que surgieron exclusivos tratados del tema escritos en gran parte por los mismos reyes, siendo uno de los más célebres el escrito por el rey Alfonso X, conocido también como Alfonso el Sabio. “La labor de Alfonso X en el terreno cultural es enorme y no dejó aspecto por escudriñar. El príncipe Don Juan Manuel afirma que escribió “toda la arte de la caza, también del cazar (cetrería), como del venar, como del pescar”. Mas en Europa existían ya algunos tratados como el Libro del Rey Dancus, el de Guillem napolitano o el De Arte Venandi cum avibus, de Federico II. También existía ya el Libre del nudriment dels ocels cassadors, catalán, atribuido a Thedric y a Simmaco, Aquila y Theodotio.” |2]

La importancia de la cacería en la monarquía es el cuidado saludable del ocio. Resultaba demasiado costoso el cuidado y entrenamiento de los galgos y los caballos, la armadura y las armas, sin contar con lo mucho que gustaba el arte de la cetrería, es decir, de la cacería con aves rapaces. El pensamiento cristiano apoyado en un esquema básico de vicios y virtudes, alentaba a la ocupación del tiempo libre en artes nobles. Alfonso el Sabio da tres grandes razones para ejercitarse en ello:

Et para esto,una de las cosas que fallaron los savios, que mas tiene pro, es la caza, de cual manera quier que sea; ca ella ayuda mucho a menguar los pensamientos et la saña, lo que es más menester al rey que a otro home. (…); et esto por tres razones. La primera, por alongar su vida et salud et acrescentar su entendimiento, et redrar de sí los cuidades et los pesares, que son cosas que embargan mucho el seso; et todos los hombres de buen sentido deben esto facer, para poder mejor venir á acabamiento de sus fechos. (…) La segunda, porque la caza es arte, et sabiduría de guerrear et de vencer, de lo que deben los Reyes ser mucho sabidores. La tercera, porque más abondadamente la pueden mantener los reyes que los otros homes. [3]]

No es gratuito que esta idea de la lúdica y la muerte tengan un mismo principio noble y de realeza. Como lo plantea Foucault en Vigilar y Castigar, el rey medieval y hasta el siglo XVII, es el monarca capaz de perdonar la vida, es decir, sus decisiones operan sobre su capacidad de decisión de la muerte de los otros. La muerte era un espectáculo que demostraba ese poder real, y por ello el sacrificio de los ilegales debía ser también una ceremonia a la que todos tuvieran acceso. Ejercitarse en el arte de dar la muerte era pues, un requisito fundamental para el buen sostenimiento del trono.

Siglos XVII y XVIII – El ocio

Aunque las armas de fuego fueron inventadas entre el siglo XV y el XVI, su costo, la complejidad de su manufactura y las dificultades de uso hicieron que esta manera de cazar – y también en la actualidad deporte olímpico – conviviera igualmente con otras armas de viejo uso, entre ellas la ballesta, un artefacto que bajo el sistema del arco y la flecha podía ser usado con mayor movilidad y facilidad, gracias a un mecanismo de piñones y un gatillo. El arcabuz, etapa previa a la escopeta, si bien tenía los “encantos” de la pólvora, era un instrumento bastante complejo de usar: si llovía se dañaba la pólvora, podía ser peligroso para el cazador, y el ruido del arma hacía que después del primer disparo el resto de animales salieran despavoridos. Además resultaban armas excesivamente costosas a las que muy pocos podían acudir. Es en el siglo XVII, sin embargo, que aparece un arma que va a revolucionar las estrategias bélicas y también la cinegética: la escopeta. Es difícil encontrar un origen concreto de esta arma, pero lo que es cierto es que al arte de la guerra se asocia con la ciencia del relojero, que es el más diestro en desarrollar máquinas y engranajes, y es un personaje que a lo largo de los siglos XVII y XVIII tendrá cada vez más un lugar destacado en las cortes europeas.
A lo largo del siglo XVIII sobre el deporte venatorio va a ocurrir un cambio de participación en el tema. Ya había dejado de ser un deporte exclusivo de los reyes - aunque ellos no hayan dejado de realizarlo -, pues otros sectores sociales se habían articulado a la cacería. Pasa de ser un “deporte recreativo, a distracción real que se practica próxima a palacio. (…) La caza es ahora un paseo cómodo.”[4]] La palabra “ocio” entra también en un giro lingüístico pues pasa de comprenderse como un tiempo que no está sujeto a una actividad determinada y proclive a permitir los vicios humanos, a ser tiempo de actividades y escenarios con el único fin de ser satisfechos. El siglo XVIII, al menos en sus primeros cincuenta años, justifica el tiempo libre como el lugar de la nobleza y todas las actividades deportivas que se involucrarán en este tiempo serán consideradas como virtuosas. Si las dedicaciones del tiempo libre por el contrario, se dirigían al juego de naipes y a la bebida, serán entonces dedicaciones al vicio. En la cartilla sobre la Venatoria del siglo XIV de Pedro López de Ayala, ya se refiere a la importancia de ocupar bien los ratos de ocio con la cacería:

Y porque los servicios que el hombre ha de tomar de las cosas deben ser honestos y con razón, acordaron, siempre, todos los sabios, que los hombres deben excusarse mucho de estar ociosos, porque es causa y achaque de pecar; porque no ocupándose el hombre en algunas cosas buenas y honestas, nácenle en consecuencia, pensamientos en el corazón, de los cuales nace tristeza y mortificación; de tal tristeza viene escándalo y desesperanza que es raíz de toda perdición. Y también así como el ocio, según dicho habemos, traía estos daños y males al alma, así trae gran daño al cuerpo; que cuando el hombre está ocioso, sin hacer ejercicio y sin trabajar con el cuerpo y mudar de aires, fatíganse los humores y al cuerpo, consiguientemente, le recrecen dolencias y enfermedades.[5]
Parte del refinamiento de una población era también el refinamiento del ocio, lo que significaba en España que mostrarse como hombre de virtudes era disponer de tiempo libre, y realizar actividades nobles en éste. Es la época en que la tauromaquia se especializa al lugar del arte[6], que surgen en las ciudades las alamedas: bosques elaborados para los paseos, y el teatro tiene una vida bastante intensa. No es gratuito que vaya a la par con la idea de “exercitar” el cuerpo, y es por ello que la cacería entra a hacer parte de un modelo deportivo del cuál en el siglo XVIII un sector de la sociedad más amplio que el de la aristocracia puede disfrutar.
La cacería y la representación

Es de anotar la estrecha relación que tiene la reproducción de la cacería en los objetos de uso y el rol masculino de los hogares. Si bien muchos de los elementos no tienen propiamente un “género” que los definan – las sillas, la loza, el bargueño – sin duda la cacería está relacionada a los escenarios y espacios en los cuales se relacionaba el hombre en público. Aunque desde la Edad Media se ven notables excepciones de mujeres que se van a la cacería, el arte de la cinegética tiene un lugar masculino y su relación con la caballería nunca va a perderse. Detrás de la figura del cazador aparecen conceptos como los de hombre noble, valiente, luchador, guerrero y poderoso, y en muchas ocasiones como el caso de los bargueños, la representación del cazador se repite con figuras de animales que también son cazadores y que en el bestiario medieval estaban cargados de notables virtudes: El león, el perro y el tigre. Pensando en la tauromaquia, varias señales en el ajuar y la postura del torero también son señales de la virilidad de la época, así que son elementos profundamente relacionados y que, ya lejos de connotaciones religiosas y morales, cargan la masculinidad de una serie de virtudes particulares.



[1 ]] José María Blasquez, de la Biblioteca de antigüedades, Madrid
[[2]] Pedro López de Ayala,Libro de la caza de las aves. Ed. Castalia, 1986, Madrid. 1386INTRODUCCIÓN p.323 José Gutierrez de la vega. Cartilla Venatoria para la enseñanza del perro de muestra. Madrid, atlas, 1983Año: 1899Pp.6-7
4 Agustín Calvo Pinto – Silva Venatoria, 1754. P.XII
Intro
5 Pedro López de Ayala Libro de la caza de las aves. Ed. Castalia, 1986, Madrid. 1386
6 SIGLO XVIII