Imitación para la distinción: El vestido de élite del siglo XVIII en la Nueva Granada
Por Samuel Steven León

Búsqueda de símbolos de distinción, competición de clases,
ésas son las piezas esenciales del paradigma que,
desde hace más de un siglo, domina la explicación de la moda
Gilles Lipovetsky, El imperio de lo efímero

Prolegómenos
El vestido, elemento cultural de presencia e importancia universalmente extendido, se ha construido a partir de una configuración que no se limita solamente a solventar las necesidades del hombre y la mujer frente a la hostilidad de la naturaleza, sino que también se encuentra influido por las prácticas sociales, los juegos de poder y la necesidad, o estrategia de construir una identidad, bien sea de género, o sujeto, enmarcada, o mejor, sometida a las dinámicas de un espacio privado o público.
El traje como elemento, signo y símbolo de manifestaciones culturales diversas, acentúa la estética del cuerpo y su relación con el poder, a través de la clasificación de prendas que reflejan una extensión del yo (Squicciarino, 1998) para generar una imagen de poder, de distinción y alcurnia en sociedades históricamente emergentes, como lo ejemplifican en el siglo ilustrado, las personas pertenecientes a la clase burguesa, ávidos de reconocimiento y distinción en medio del sándwich de clases que se manifiesta en las sociedades europeas del momento. Este es el caso del siglo XVIII y su sueño ilustrado de reformar al antiguo hombre en variados aspectos de la vida cotidiana; razón por la cual el vestido no escapó a esta respuesta intelectual.

Vestidos femeninos en el reino de Louis XVI
El papel del vestido en este proceso fue importante para dotar de imagen, visibilización y cierto reconocimiento a las personas que pretendían afiliarse a la clasificación de las diferentes capas sociales occidentales. Así, el vestido otorgó distinción a aquellos que no podían ser reconocidos por el linaje o su pertenencia a las cortes (Entwistle, 2002), y rápidamente generó toda una suerte de “relaciones peligrosas” entre las personas y sus relaciones sociales: cada vez más, en la calle y espacios públicos de evidente interacción social, es difícil diferenciar al aristócrata del burgués, al hidalgo del petimetre (Molina, 2004). Es claro, desde este punto de vista, que luego, el vestido como estética de la apariencia y atributo del cuerpo dieciochesco, representó todo un peligro para lograr la “diferenciación natural” de clases. Las élites y los individuos externos a ellas se confundían en una gran imagen estampillada sobre la urbe o cualquier lugar del ámbito público que mantuviera estrictas relaciones con el nuevo modelo de hombre y mujer refinados y sensibles frente a la modernidad en proceso de gestación.
Dado que este fenómeno florece y se esparce a lo largo de la Europa ilustrada, será Francia el referente que imponga los modelos a seguir en cuanto al refinamiento de los sentidos y a la estética del cuerpo se refiere. Y España, imperio adoptado por la nueva dinastía Borbónica de Felipe V, instaurará una nueva política mercantilista que, impulsará la creación de las reales fábricas, permitirá la libertad de trabajo artesanal disolviendo los viejos gremios, y promoverá el comercio entre España y sus colonias (Martínez Carreño, 1995). Sin embargo, en lo referente a la industria textil, el imperio español se encontraba carente de mano de obra de artesanos calificados para la elaboración de textiles y prendas que alimentasen esta “nueva imagen” social[1] (Montaña et al, 1993), por lo que, se hará necesario llenar el guardarropa del rey y su corte de vestidos “à la française” haciendo “buen uso” del oro extraído de las colonias para importar y comprar “con actitud de nuevo rico (…) pagando a altos precios la producción de sus vecinos”[2]
.
El negro Austríaco y la golilla: el declive del traje español
El estilo de la indumentaria de élite marcado por España logra influir fuertemente en las cortes de gran parte del continente europeo durante el periodo comprendido entre los años 1550 y 1650, consolidando su perfil en el reinado de Felipe II, con prendas que reflejan los conceptos de dignidad y garbo propios de la monarquía hispánica en una época de gran prestigio para España. A comienzos del siglo XVII esta influencia se comienza a perder, a excepción de España; a causa de la importancia que cobra la moda de Versalles, que junto con la de Holanda, aunque en menor medida, llegan a toda Europa. Cabe mencionar, igualmente la importancia de este periodo en relación a que inaugura, a partir de los protocolos sociales, una era de modales de cortesía y delicadeza que adiestran el cuerpo en una lógica de recato, que se traduce en la relevancia de la apariencia. Así mismo, es durante la segunda mitad del siglo XVII que aparecen trajes que tienen las características fundamentales de los que más adelante se denominarán trajes regionales.
Es Felipe II de Austria, quien impone el aspecto distintivo de la moda a la española: el color negro y la golilla. España aprovecha las costosas materias colorantes procedentes de América para venderlas a Europa y usarlas para teñir con los tonos más negros y indelebles sus propios géneros. El palo de campeche, por ejemplo, permite un negro intenso conocido como “ala de cuervo”, el mismo característico del traje de esta dinastía. Este intenso tono se queda en la vestimenta de los reyes de España durante los siguientes dos siglos. Por otro lado, la golilla, una invención de un sastre nacido en Madrid hacia el año 1623[3] sustituye los cuellos de camisa altos de tendencias precedentes. Se trata de un accesorio redondo almidonado y rizado que rodea en su totalidad el cuello; tamaños más pequeños de esta se conocen como cuellos de lechuguilla o alechugados; igualmente, la gorguera es un tipo de cuello como los anteriormente descritos, pero más grande. Estos artificios permiten mantener una posición digna, rígida y majestuosa y se constituyen en el símbolo de la gravedad y suficiencia de los españoles, este accesorio es reemplazado más adelante por el cuello de corbata a la francesa.

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Felipe II de España con traje negro y golilla

La estética de la indumentaria que define a España desde mediados del siglo XVI hasta mediados del XVII, se encuentra asociada desde sus inicios al luto y los hábitos religiosos; pero su fuente principal es “el Uso de Borgoña”, ceremonial del que la casa de Austria apropia su protocolo. Dicha ceremonia, es introducida a España por Carlos V y se traduce en las siguientes características: la fastuosidad sin límites utilizada como estrategia de imposición de autoridad y nombre frente a otras Monarquías, la veneración religiosa al rey, la uniformidad en la celebración de las ceremonias de la corona y el cumplimiento de normas de etiqueta que se consignan por escrito, y rigen hasta los más pequeños detalles de la vida en la corte. Felipe II, sin embargo, promulga la pragmática de cortesías en 1586, en la que introduce algunos cambios para adaptar el “Uso de Borgoña” a los modos castellanos.
El traje español había significado para toda Europa desde mediados del siglo XVI y hasta mediados del siglo siguiente, un símbolo de elegancia y perfección en el diseño y la confección, que, no obstante, somete el cuerpo a estructuras tan rígidas como sus cánones de comportamiento. Luego de un tiempo, París comienza a constituirse en el epicentro del arte, la cultura y por supuesto la moda; plantea que la gallardía de los españoles, reflejada en sus atuendos, empezaba a sentirse como engreimiento y falsedad. Igualmente, critica que esta indumentaria parece más religiosa que propia de la sociedad civil y la considera, finalmente, como parte de una estética de la contradicción, al predicar la magnánima austeridad y producir exceso en todos los aspectos relacionados con la representación del cuerpo.
Dando continuidad a este proceso de descredito del traje dinástico español, el Rey Sol, será el primer monarca en experimentar los lujos de una recién creada alta costura propia de la corte de Versalles, al exhibir prendas diseñadas y confeccionadas exclusivamente para él, por manos expertas, con los mejores géneros y el mejor gusto. A partir de ese momento, se consolida la moda parisina en toda Europa cuya única excepción es España, que se mantiene fiel a sus propias creaciones de indumentaria aunque sólo hasta comienzos del siglo de las luces, cuando la casa de Habsburgo será sustituida por la casa de Borbón.

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Louis XIV de Francia “el Rey Sol”

Lujo y Ostentación: el imperio del vestido dieciochesco
Es así, que se inicia una nueva forma de vestir el cuerpo: se alude a la transformación del antiguo cuerpo español, cuya golilla será desacreditada de manera clandestina por el mismo Felipe V[4|, dando paso, entre “modernos y detractores”, a la adopción del vestido francés en la corte peninsular.
Esta influencia, en la constitución de la representación del cuerpo, permitió que el negro austriaco se viera opacado por la variedad de colores, texturas, tejidos y adornos que caracterizarán el vestido dieciochesco, y que aportarán, nuevas formas de asumir el cuerpo masculino y femenino, sobre todo gracias, a la notable influencia de éste último en la construcción de la representación masculina. De este modo, surgen casacas, chupas y calzones de vistosos colores, y suntuosos bordados, finas telas y exquisitos bordados, que no se encontrarán en la España anterior a los Borbones, sino que, como ya se ha expuesto, serán siempre importados de Francia, la gestora y rectora de los refinamientos y frivolidades del momento.
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Moda para hombres, mujeres y niños bajo el reinado de Louis XVI
De acuerdo con lo anterior, el vestido, en su sentido más evidente y exhibicionista, se convertirá en imagen de distinción, de poder y riqueza, de refinamiento y adopción del modelo de hombre y mujer del siglo XVIII. El decoro personal, se convierte en la posibilidad de acceso a nuevos reconocimientos enmarcados en la interacción social, y en el ascenso dentro del entramado social, evidenciando que, no era una cuestión propiamente de alcurnia e hidalguía, sino más bien de autopromoción de sí mismo a través de la construcción de una imagen de cuerpo altamente atrayente, esplendorosa y ostentosa.
De esta manera, el vestido lujoso, va a marcar una nueva tendencia de presentación del yo en el ámbito de lo público, que va a impulsar y promover un sentimiento de reconocimiento propio, a partir de la imagen del cuerpo presentado a los demás. Esta conducta, que dota a la apariencia de un sentido claramente distintivo y exhibicionista, va a encontrar sus detractores en la iglesia y la corona respectivamente. Se dictarán, entonces, leyes suntuarias que buscarán restringir la ostentación, y todo aquel adorno que denote exceso y llame la atención y que se aplicarán en los virreinatos de la América colonial, con tan desafortunado cumplimiento que, todo este carnaval de atuendos, tocados y colores se dará al límite de lo prohibido, lo permitido y lo cumplido.

Contrabando y sastre: la pragmática del vestido dieciochesco en el Virreinato de la Nueva Granada
Es así, que el traje de élite del siglo XVIII en el Virreinato de la Nueva Granada, será de carácter importado, factor favorecido por el continuo contrabando que se da a nivel de las islas del Caribe, y que incluirá entre las mercaderías, textiles y vestidos de manufactura francesa, cuya demanda estaba asegurada por los criollos, que en su afán de lucir a la última moda, invertían grandes sumas de dinero en costosos vestidos de seda y accesorios de joyería para lucir dichos atuendos cono toda la propiedad del caso.
Resulta importante resaltar que, la indumentaria también fue objeto de imitación y reproducción para satisfacer las necesidades de las demás capas sociales, que por su falta de medios para adquirir un vestido francés, debían recurrir al oficio de sastres y artesanos competentes en el campo de la confección. Para ello, se importaban piezas de corte ya confeccionadas con las que se armaba el vestido. Es así que, se encuentran entre las mercaderías del momento, mangas, partes de casacas listas para unir y jubones, que al sobreponerlos sobre el cuerpo del cliente, permitían obtener las medidas sobre las cuales se pretendía dejar a la medida el traje, imitando de manera perfecta la propuesta estética de la imagen de hombre y mujer de siglo XVIII.

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El sastre de señora. Nicolás Cochi

En este proceso, resultaba muy importante destacar la labor del sastre en la América colonial, ya que al integrar la clase de artesanos, adquiría una gran responsabilidad en la obtención de los materiales más costosos y exquisitos, lo mismo que en la complicada elaboración y hechura de los vestidos, que llevaban mucho tiempo en confeccionarse, y por lo tanto, aumentaba sus costos, generando que el oficio de sastrería tuviera un gran reconocimiento y demanda en la cotidianidad colonial.[
5]
Teniendo en cuenta lo anterior, la figura del sastre, uno de los mayores representantes durante el periodo colonial de la clase artesana, gozaba en muchos casos, de privilegios que no se les permitían a otros de su misma posición social, por encargarse de una labor que demandaba tantas responsabilidades y por ser tan apetecida por criollos y mestizos en materia de moda y modos del vestir de la época. La importancia era tal, que según recuerda Ambrosio López, primer director de la asociación de artesanos de Bogotá, su padre, Jerónimo López, sastre personal del virrey Antonio de Amar y Borbón y la virreina Francisca Villanueva, tenía permitido vestir “capa colorada, sombrero al tres, calzón corto de terciopelo negro y zapatos con hebilla de oro”[6]
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Uniforme Civil. Trujillo del Perú. Vol. I.

Políticas del cuerpo: restricciones impuestas al vestuario y su cumplimiento en la Nueva Granada
Otro aspecto a señalar, tiene que ver con las leyes suntuarias, que debían cumplir todos aquellos que exhibían sus ropajes en público. El 15 de Noviembre de 1723, Felipe V promulga una ley que ordena abstenerse de usar accesorios brillantes y metales preciosos en los vestidos de uso civil, exceptuando a los uniformes militares y los religiosos, así como, se expedía autorización para hacer uso de seda y encajes, siempre y cuando fueran elaborados por artesanos del reino.
Esta ordenanza, que sin duda se extendió a todo el imperio, traída por los nuevos virreyes borbónicos, que ostentaban el “new look” del XVIII, no llegó a cumplirse a cabalidad, debido a la imposibilidad de las autoridades para hacerse manifiestas en el cumplimiento a cabalidad de las ordenanzas suntuarias, ya que, en un primer momento, la representación de cuerpo traída por estos virreyes, como Don Jorge de Villalonga, primer virrey de la Nueva Granada, en cuyo retrato, se pueden identificar claramente, los elementos constitutivos de esta nueva representación del cuerpo, dotada de una fastuosidad que se alimenta de la riqueza de los textiles importados, y del uso de accesorios, como la peluca
in folio, causó gran curiosidad, y luego de un tiempo, gran aceptación entre los criollos posicionados, quienes comenzaron a imitar este nuevo modo de “portar el cuerpo” en público, generando así, graduablemente, que este modelo pasara al uso cotidiano de otras capas sociales.
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Retrato del virrey Jorge de Villalonga (1667-1740). Óleo. Museo de Arte Colonial.

Otro aspecto que no permitió que las políticas impuestas para adornar el cuerpo fuesen obedecidas a cabalidad, fue la cuestión del contrabando establecido en las Antillas, y la guerra con Inglaterra, cuyos corsarios saqueaban los galeones españoles, trayendo como consecuencia, que el comercio ilegal fuese incontrolable, y que en el virreinato neogranadino, se encontrarán los más exquisitos y propios textiles, encajes, cortes de vestido, vestidos bordados en hilo de oro y plata y sombreros, todo traído de París, cuyo costo era asumido enteramente por criollos y mestizos de igual manera, ávidos de nuevas “mercaderías” que satisficiesen sus necesidades suntuarias; y que, por ende, los cuerpos femeninos y masculinos lucieran verdaderamente “brillantes y esplendorosos” fuera de casa.
Lo cierto es, que el reino español y sus colonias se encontraron muy influenciados por la moda y costumbres francesas, por lo que intentaron simular ese ambiente refinado y de buenas maneras que se estaba exportando fuera de la Galia ilustrada, llevando este nuevo estilo indumentario hacia todos los rincones del imperio. Varias representaciones iconográficas, y algunas prendas que han sobrevivido al voraz filo del tiempo, se convierten en pruebas innegables de este proceso de asimilación e imitación de nuevos modelos de vida en la colonia, a partir de la adopción del vestido francés en la configuración del cuerpo dieciochesco.
Es así, que encontramos un gran número de cuadros y retratos extendidos por toda la América que otrora se dividiera en virreinatos españoles, donde se pueden apreciar las adaptaciones hechas de las modas de París, a los vestidos que usaron tanto hombres como mujeres durante el transcurso del siglo XVIII. En el caso particular del Museo de Arte Colonial, se encuentran datos iconográficos del vestuario de la época, en los retratos de virreyes, los marqueses de San Jorge de Bogotá y la chupa del Virrey Ezpeleta, objetos que, claramente atestiguan los modos de lucir el cuerpo en la época, y que además, reflejan la importancia de exhibir y demostrar un linaje netamente español a través de la representación de estos personajes ataviados con las galas más esplendorosas, constituyéndose en representaciones de posesión de un alto grado de distinción dentro del complejo árbol de relaciones sociales del momento colonial.
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7]
Vestidos para el refinamiento y la distinción: el atuendo masculino y femenino de élite en España y en la Nueva Granada
El vestido masculino, fiel copia del modelo francés, algunas veces hasta en uso de textiles ricos y elaborados, otras veces no tanto, se destaca por el uso de tres prendas básicas, que encuentran gran similitud en la apariencia del vestido militar y el atuendo femenino. La casaca, la chupa y los calzones, acompañados de accesorios como tricornios, pelucas, corbatines, guantes, bandas, medias y zapatos de tacón, conformaban el vestuario para el hombre sensible, cuyas inspiraciones en la amplitud de la casaca en las caderas, se asemejan a la forma ancha del vestido femenino ahuecado con tontillo, y por los cortes rectos y ajustados en las extremidades, la espalda y la cintura, y el uso de calzón, que asemejaban los uniformes corrientes de la guardia y el ejército peninsular.[8]
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Retrato de
El Señor Don Jorge Miguel Lozano de Peralta, y Varaes, Ilustrísimo Marqués de San Jorge de Bogotá.. Óleo sobre tela. Autor: Joaquín Gutiérrez. Fecha: 1775. Museo de Arte Colonial
El atuendo femenino, tuvo una gran aceptación en el virreinato, al difundir un modelo de refinamiento y distinción entre los pasantes y amigos de tertulia y eventos sociales. Debido a lo elaborado de su confección, a los textiles empleados, y la suntuosidad en adornos, que invadían cabeza, pecho, muñecas y pies, el vestido de la mujer del XVIII, cobra una vigencia extraordinaria, y llama la atención x la exuberancia y amplitud de su imagen. En esto, contribuyen grandemente dos piezas esenciales: la cotilla, o cuerpo de ballenas que moldeaba y comprimía el torso, y el tontillo, un armazón que ahuecaba las faldas para dar una apariencia de amplitud de caderas, cuya forma por lo regular era cónica o redondeada.
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Retrato de
La Señora Doña María Thadea Gonzáles Manrique del Frago Bonis, Ilustrísima Marquesa de San Jorge de Bogotá. Óleo sobre tela. Autor: Joaquín Gutiérrez. Fecha: 1775. Museo de Arte Colonial
A nivel de la presentación estética, lo único que diferenciaba el traje masculino del femenino, eran las formas diseñadas para cada cuerpo en particular. En cuanto a materiales, accesorios, y terminaciones en los vestidos, nunca hubo otro momento en donde hombre y mujer compartieran irrestrictamente una construcción similar de sí mismos.
De acuerdo con lo anterior, las diferenciaciones de usos de color y joyería, no mantuvieron una frontera literalmente marcada entre los géneros, y su acceso a la imagen pública y presentación de la misma, siempre fue complementaria. Ejemplo de ello son el díptico de retratos de los marqueses de San Jorge, Don Jorge Lozano de Peralta y Váraes, y Doña María Tadea González Manrique, cuyos vestidos, destacan por el uso de los colores blanco y dorado, y la elaboración cuidadosa y refinada de las prendas que utilizan, ostentando de manera alterna, medallas, insignias, gargantillas, tocados, pulseras, relojes, abanico, y bastón de mando, accesorios complementarios e imprescindibles de la construcción de cuerpo en la América del siglo XVIII.

La estética de la imitación del cuerpo: el vestido de élite y su influencia en las otras capas sociales
Tal escenificación y práctica de estos cuerpos vestidos según los refinamientos de la época ilustrada, no pasarán desapercibidos en el contexto social donde se desarrollará el vestido, es decir, en el espacio público, lugar de transgresiones manifiestas por la accesibilidad de varios núcleos sociales inferiores a las élites criollas, a los textiles, accesorios, mano de obra de sastre, y por ende, la implementación de un sistema de imitación de esta imagen afrancesada, importada por la corona española, y distribuida a lo largo y ancho del imperio.
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El Obispo Fray Baltazar Jaime Martínez Compañón, representado en una de las láminas que componen la colección de vida y costumbres de Trujillo, Perú

Testimonio, de esta cotidianidad del vestido en aras de la imitación del novedoso estilo dieciochesco, son las láminas que integran la colección de vida y costumbres de la ciudad de Trujillo, obra emérita del obispo Fray Baltazar Jaime Martínez Compañón, donde se representan una gran variedad de tipos sociales diferentes al criollo o español, con trajes de notoria influencia relacionada con el traje francés. Es así, que vemos a ñapangas mestizas y mulatos vestidos a la usanza española, desde una reconstrucción de ese vestido eminentemente francés, pero con características propias de las regiones en las que se encuentran localizados, ricos elaborados realizados con los colores americanos, y también revelando el uso de textiles como el algodón, fibra textil ampliamente extendida en el continente americano complementando la confección y exhibición de vestuario con las sedas importadas de Europa y otros lugares del mundo conocido.
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Quarterona Sambo Española con manto Negros tocando marimba
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Mulato Alcalde Yndio de valle Militar a caballo Uniforme Civil
Otro objeto, que constituye un lugar de representación de la vida diaria, y donde se puede evidenciar la influencia de este traje de élite en dicha cotidianidad, resulta ser el pesebre neogranadino del Museo de Arte Colonial[
9]. Allí se encuentran talladas figuras exponentes de ese entramado social de relaciones y castas, que contribuyeron, en el imaginario europeo y americano, a reproducir y enriquecer el valor del refinamiento y la ostentación del cuerpo, a través del renombrado uso del vestido dieciochesco.
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NIÑETE CON CORNETA. Taller
quiteño (Atribuido). Siglo XVIII.
Talla en madera policromada.

MADRE CON NIÑO.
Taller quiteño (Atribuido).
Siglo XVIII.
Talla en madera policromada. .

Es así, que hacen parte de esta representación tallada de la escena del nacimiento de Cristo, hombres mulatos y negros, entre otros, ataviados con finas casacas y coloridas chupas. Lo importante a resaltar en este tipo de representaciones, es que están evidenciando una estética del cuerpo representada en el personaje local, y que se está dando a un nivel de lo público, es decir, la representación del cuerpo, adquiere validez mediante un ejercicio de exhibición permanente dirigido hacia los otros sujetos que participan de ese juego de relaciones plurisignificativas que dan sentido a esa identidad americana que se está gestando, al tener como base la imagen que se importa desde España dirigida hacia el refinamiento y la ostentación, y la imagen colonial, de imitación y enriquecimiento o alteración de esa propuesta estética traída de Europa, e incorporada a la América virreinal.
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VENDEDOR DE PLÁTANOS.
Taller quiteño (Atribuido).Siglo XVIII.
Talla en madera policromada.
0.22,2 x 0.08 x 0.06,9 mts.

Los accesorios: elementos complementarios del vestido
La estética propuesta por el vestido a la francesa, resultaba realmente muy simple, sí no se le sumaba al uso del atuendo, ciertos accesorios complementarios, cuya función, más allá de ejemplificar una extensión del yo, o la búsqueda en el despliegue del poder o dignidad de un sujeto, simbolizar cualidades propias del sexo o de la persona que los usaba. De esta forma, se difundirá el uso de bastones de mando, tricornios y pelucas para el caso de los hombres; abanicos y relojes, para ambos géneros, masculino y femenino, aunque será la mujer la que disfrute mucho más del uso extendido de estos “biombos portátiles del pudor”[10], y toda clase de joyería que sobre el cuerpo y los vestidos se pudiesen llevar.
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Abanico. Siglo XVIII. Acuarela sobre papel, marfil, hueso y apliques. Museo de Arte Colonial. Bogotá, Colombia
De esta forma, resulta digno de mencionar, que los orfebres, no estuvieron aislados de la construcción de la imagen del XVIII, y que participaron de igual manera en el proceso, aunque en menor medida y opacados detrás de comerciantes y sastres. Ante la gran actividad minera y de explotación de las minas americanas, la proliferación de metales preciosos como el oro y la plata, y de piedras preciosas, extraídas del suelo local, como las esmeraldas, o importadas de otros lugares, sobre todo pedrería francesa, bien fuera ésta original o de imitación, se generó toda un compendio de un gran número de joyas, destinadas a brillar, e incluso a moverse sobre los tocados femeninos, el escote, las manos, y peto, parte delantera de la cotilla femenina.
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Hebillas para calzado. Siglo XVIII

Es un hecho, que el complementar el vestido con joyas o medallas de pertenencia a una orden, para el caso de virreyes y nobles españoles, hacía parte de los modos de lucir ese traje a la usanza francesa en la América colonial. Testimonio de ello, son los inventarios de dotes y testamentos, realizados durante este siglo ilustrado, por las familias más acomodadas del nuevo virreinato; se evidencia en estos documentos, la existencia de un considerable número de joyas de diferentes calidades y manufacturas, destinadas a adornar la cabeza, el cuello, el pecho, las extremidades, y el calzado, dejándonos una lista de nombres de los más graciosos y llamativos nombres, como por ejemplo: aderezos (conjunto de cruz y sarcillos), cachumbos, Cuentas, gargantillas o ahogadores, tembleques (adorno que sostenía en el aire una rosa revestida de perlas para decorar el tocado femenino), y peinetas, entre otros elementos destinados a ornamentar el cuerpo, en connivencia con el vestido de lujo del periodo en cuestión.
Colores americanos y textiles extranjeros: el verdadero costo e insignia del traje del siglo XVIII en la Nueva Granada
A partir del segundo viaje que Colón realiza a América, el “exotismo y novedad” que rodean a todo el imaginario que sobre el Nuevo Mundo se empieza a gestar, permite que en Europa se comience a generar todo un sistema clasificatorio de los aportes cromáticos que se encuentran en cada rincón del amplio continente. Esto, se debe gracias a las muestras obtenidas del ultramar, que van a llenar las colecciones privadas de los monarcas conquistadores: retratos indígenas, papagayos, frutas, elementos ornamentales de oro, entre otros, alimentarán las fantasías que se gestan sobre América.
Maderas como el
palo de Brasil, que destilan sabia roja, y cuya mancha es indeleble, generarán todo una revolución en cuanto a la industria textil europea se refiere. Y como “todo” abunda en América, se empezará a dar un movimiento de explotación de recursos colorantes, que influenciará grandemente el arte de vestir los colores americanos, bien sea en Europa, o en las colonias.
Otro color importante, es el llamado azul indio, producido por una planta llamada indigofera anil, que llegará a la España de Felipe II, y creará tal sensación que, según el cronista Fray Pedro Simón, “(los españoles) visten con telas turquíes de tan lúcido color que todos dicen no haberlo visto en ninguna parte”[11]. Tal fue la importancia de este pigmento azulado, que en el siglo XVIII, se constituyó en el color de moda y se lo asociaba con la imagen de América, que se hará evidente en las casacas de uniforme civil que encontramos de nuevo en las estampas de Martínez Compañón.
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Uniforme Civil. Trujillo del Perú. Siglo XVIII

Con respecto a los textiles, hay que señalar que, al ser materiales que no proceden directamente de España, sólo podrán ser obtenidos a través del contrabando en el Caribe, o pagando los exagerados fletes ocasionados y el viaje hacia el interior del virreinato o a su destino final. Además, el hecho de que haya tanto oro en América, aumenta el costo de las telas y ornamentos, puesto que el valor no lo constituye el metal en sí mismo, sino las mercancías, que regularmente escaseaban, o se demoraban alrededor de tres meses a seis meses en arribar al lugar de destino.
Como dato curioso, las telas que llegaban al virreinato, recibían un nombre extraído de su lugar de procedencia, es así que, se van a encontrar en los registros de testamentos y herencias, referencias a géneros textiles como: fina tela de cambre, cuyo nombre deriva de la ciudad de Cambray en Francia, Anglaterra, o tela de inglés, Anjeo, de Anjou en Francia, Bocaran, porque proviene de Bokara en Uberkistán, Carcasona, por Caracassone, Francia, Carnota de Chartres, en Francia, y Damasco, de Siria, entre otros, que están llegando en cantidades incalculables, y con extendidos nombres de diversos lugares del mundo.


Consideraciones Finales
El análisis y descripción de los usos y cotidianidades del vestuario dieciochesco en el virreinato de la Nueva Granada, ha permitido comprender la importancia de varios fenómenos sociales que le concedieron a la representación del cuerpo en la América colonial, y en el espacio Neogranadino, específicamente, un gran valor y significado en cuanto a lo que una construcción de una identidad de sujeto puede demostrar, a través de una propuesta estética enmarcada en su cuerpo, y destinada a la exhibición y la distinción, mediada generalmente a veces por la práctica de la imitación en el contexto social.
Es así, como puede entenderse el fenómeno del contrabando de textiles y accesorios destinados la elaboración y/o reproducción del vestido, como un fenómeno potenciador de transformaciones sociales, que permitió a personas de clases bajas inferiores a las preponderantes en el orden colonial, obtener materiales que les permitieran imitar esa imagen reflejada por el cuerpo vestido de los criollos acomodados, y de esta manera, transgredir las fronteras visibles sociales enmarcadas en el espacio público.
Otro aspecto a señalar, teniendo en cuenta esta pragmática de la distinción y la imitación, es que este fenómeno del vestirse para exhibir la adopción de un nuevo cuerpo “brillante y lujoso”, permitió que el proceso cultural de hibridación social, en cuento al vestuario y su implicación en el sistema de clasificación de castas, desarrollado desde la conquista del territorio americano, se encontrará presente de manera sincrónica en este nuevo siglo ilustrado, dando vida a numerosas formas de construirse como sujeto, a partir del vestuario importado, reproducido y en muchos casos, enriquecido por elementos propios del continente, modificando las relaciones fronterizas entre personas pertenecientes a tipos sociales constituidos en la colonia, es decir, neutralizando las diferencias de clase en el espacio público, a través de la mediación generada por el vestido.

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Española vestida a lo antiguo. Trujillo, Perú

La cuestión de las leyes suntuarias, aplicadas al contexto americano y neogranadino, particularmente, no impidió en lo absoluto que los cuerpos representados a través del vestido dieciochesco, pudieran exhibir elementos de considerable exceso, que en el diario vivir, estaban libres de toda restricción que las autoridades reales hubiesen podido ejercer sobre los sujetos. Lo anterior demuestra que, la libertad del cuerpo, en términos de territorialidad, se encontraba aún más latente que nunca, ya que el vestido permitía considerablemente exhibir una propuesta estética alterna, al nutrirse de elementos importados y propios del contexto social en que se desarrolla, teniendo en cuenta, que su prototipo es el vestido francés, cuya imposición desde principios de siglo XVIII está generando toda una oposición a los valores transmitidos por el anterior traje barroco español, cuya función era reprimir al cuerpo para colonizar el alma.
Finalmente, se puede afirmar que, el vestido en el siglo XVIII, enmarcado dentro de las fronteras de las colonias americanas y del virreinato de la Nueva Granada, se constituyó en una expresión netamente social, cuyo ideal u propósito primario fue emular y/o representar al sujeto americano, a través de un ejercicio transgresor, o mejor trascendente a esa dinámica extraída de la representación de cuerpo en Europa, apropiándola al contexto e imaginario del mundo americano.

Bibliografía
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ENTWISTLE, Joanne. El cuerpo y la moda, una visión sociológica. Ed. Paidós: Barcelona, 2002.
LIPOVETSKY, Gilles. El imperio de lo efímero. La moda y su destino en las sociedades modernas. Ed. Anagrama: Barcelona, 1996.
MARTÍNEZ CARREÑO, Aída. La Prisión del Vestido, aspectos sociales del traje en América. Ed. Planeta: Bogotá, 1995.
MARTÍNEZ COMPAÑÓN, Baltasar J. Trujillo del Perú. Vols. I Y II. Siglo XVIII.
MOLINA, Álvaro y VEGA, Jesusa. Vestir la identidad, Construir la apariencia: la cuestión del traje en la España del siglo XVIII. Ed. Del Ayuntamiento de Madrid: Madrid, 2008.
MONTAÑA, Antonio. Cultura del Vestuario en Colombia, Antecedentes y un siglo de Moda 1830-1930. Ed. Fondo Cultural Cafetero: Bogotá, 1993.
SQUICCIARINO, Nicola. El vestido habla. Consideraciones psico-sociológicas sobre la indumentaria. Ed. Cátedra: Madrid, 1998.




1| Los reinos españoles al expulsar a moros y judíos a finales del siglo XV, pierden gran fuerza en lo respectivo a la producción artesanal y textil, produciendo así, un atraso generalizado en la península en cuanto a la elaboración de insumos necesarios para la confección de prendas. Esta carencia, deberá ser suplantada por la importación de telas, que desde siglo XVI, será una demanda absoluta de España hacia países vecinos como Francia, Holanda e Italia.
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2] MONTAÑA, Antonio. Cultura del Vestuario en Colombia, Antecedentes y un siglo de Moda 1830-1930. Ed. Fondo Cultural Cafetero: Bogotá, 1993.

[3] La Francia española Escrito por Jean-Frédéric Schaub, Alicia Martorell 2004 p. 187
Ibid. P. 188

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4] Es claro, que el rey, siguiendo consejo de su abuelo, Luis XIV, comenzó a ganarse la aceptación del pueblo español, haciendo uso del típico traje español con golilla al comienzo de su reinado, y cuya evidencia podemos observar en el retrato que le pintó el francés Hyacinthe Rigaud. Sin embargo, al cabo de cierto tiempo, el monarca ordenó difundir de manera clandestina y anónima, un escrito que criticaba esa moda, generando una ola de descrédito hacia el uso de la mentada golilla, y de esa forma, lograr introducir el vestido francés en la corte española. Ver Molina y Vega, 2004, y Martínez Carreño, 1995.

[5] Para indagar en una posible microhistoria de la sastrería en la Nueva Granada y su influencia en la construcción de vestuario en el virreinato, ver Martínez Carreño, La Prisión del Vestido Aspectos Sociales del Traje en América, 1995.

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6] Citado en Martínez Carreño, 1995.

[7]
Para comprender a mayor profundidad la significación del retrato como representación de poder y alcurnia de un sujeto particular y los elementos simbólicos que configuran dicha representación, consultar la investigación de piezas realizada por Carlos Rojas y Óscar Romero sobre los retratos de los marqueses de San Jorge, y de los virreyes Antonio Caballero y Góngora y Jorge de Villalonga en: http://curaduriacolonial.wikispaces.com/

[
8] Para una descripción más detallada acerca del vestuario masculino y femenino del siglo XVIII, bajo la influencia francesa, su adopción y práctica en la España Borbónica, ver Descalzo, Amalia. Modos y modas en la España de la Ilustración, 2002.

[9]
Para conocer más a fondo la función del pesebre como representación cultural de la vida religiosa, política y cotidiana de la colonia, ver Romero, óscar. Pesebre en: http://curaduriacolonial.wikispaces.com/Pesebre

10] Para una aproximación histórica del uso femenino del abanico en Europa y en la Nueva Granada, ver Romero, óscar. Abanico. En: http://curaduriacolonial.wikispaces.com/Abanico

11] Citado en Montaña, 1993.